4. Los príncipes llevan chaqueta de cuero.


16 de junio. En la casa de Catherine, ella y su familia cenan tranquilamente un exquisito carpaccio de solomillo de ternera de primera. El móvil de su padre comienza a sonar e interrumpe sus pensamientos. Ve a su padre disculparse y levantarse de la mesa rápidamente. Seguidamente, camina a su despacho mientras habla por teléfono. Da un portazo y Catherine abre los ojos exageradamente. «Papá nunca se comporta así», piensa. Y es cierto. Sus padres nunca cometen actos tan violentos. Catherine se preocupa aún más cuando oye a su padre gritar, cosa que no hace nunca. Jamás de los jamases. Busca a su madre con la mirada, aunque ella la evita. De repente, vuelve a abrir las puertas de su despacho, que rebotan contra la pared con un gran estruendo. Seguidamente, va hacia el comedor dando grandes zancadas.

-Margaret, nos vamos a Washintong en dos horas. -dice, con voz seria. El tipo de voz que no admite réplica alguna. La madre asiente y sube por las escaleras.- Quiero las maletas preparadas en media hora.-añade, mirando a la criada. Esta asiente y sube rápidamente por las escaleras.

Catherine se queda en el sitio, anonadada. Un viaje de negocios. Un viaje de negocios dos días antes de su representación. Esa que ha estado preparando tantísimo tiempo. Todavía no se lo cree.

-Cate, cariño -la llama su padre- Cielo, lo siento muchísimo, de veras que no sabes cuánto. Sabes que tú madre y yo teníamos unas ganas increíbles de verte sobre un escenario, bailando como tan sólo tú sabes hacer pero las cosas se han torcido. Ya has visto que hasta he discutido por teléfono, lo cual no es propio de mí...-titubea antes de continuar- Pero esto lo hacemos por ti, ¿vale? Recuérdalo.

Sale de la habitación antes de que a ella le de tiempo a contestar y media hora después, cuando suena la puerta de la casa cerrándose, Catherine pasa de estar triste a furiosa. ¿Es que acaso su trabajo es más importante que su propia hija? Se han ido en menos de una hora al otro lado del charco y ni siquiera le han dicho fecha de regreso, tan sólo que tardarán más de una semana. «Perfecto», piensa. Se viste rápidamente, coge su juego de llaves de casa y se va a... Bueno, se va a dar una vuelta. Lo mejor será que le dé el aire para tranquilizarse un poco. Son las once y media, muy tarde, pero eso la da igual ahora. Ignora a la criada que, con la cara roja de ir de un lado a otro tras las órdenes de su padre, intenta evitar que salga. Un intento nulo, obviamente. Termina en un parque que está a un cuarto de hora de su casa. Se sienta en un banco y saca el iPod. Empieza a escuchar música mirando al cielo, intentando olvidar lo que ha pasado hace apenas una hora pero resulta muy difícil. Sube las piernas al banco y apoya la cabeza en las rodillas. No quiere volver a casa pero no tiene a donde ir. Piensa en llamar a Rebecca o a Brooke, hijas de los mejores amigos de sus padres, pero lo descarta al cabo de un segundo. Y por un momento, se plantea quedarse a dormir en ese banco. Aunque no lo hace. Se siente vulnerable, indefensa. Y la soledad aprovecha ese momento para colarse en ella. Se cuestiona prácticamente todo. Se da cuenta de que está sola, de que no le importa de verdad a nadie. Y desea tener a su lado alguien para abrazarla, para prometerla que todo va a ir bien, para estar siempre a su lado. Está ensimismada, perdida en sus pensamientos, cuando nota un escalofrío. Ahoga un grito.

-Eh, ¿escuchas My Chemical Romance? Joder, tía, nunca lo hubiera imaginado.

Catherine le mira con enfado pero aliviada, en parte. Podría haber sido un violador, o un asesino, o un secuestrador. «Aunque tiene puntos para ser lo primero, desde luego», piensa. Sus mente la repite las palabras, pues se había sorprendido al verle, y ella le mira ofendida. Habló. El que parecía que escuchaba esos horribles «Ay, papi chulo, dame gasolina». Se ríe interiormente. Por fuera, sigue seria.

-¿Por qué?

-¿Por qué?-repite, confuso.

-¿Por qué no lo hubieras imaginado?-responde, mirándole a los ojos. Él comienza a reírse.

-¿Pero tú te has visto? -Cate alza una ceja y él se ríe aún más- No te confundas, estás muy buena y eso pero siempre vas tan... pija. Parece que vas a una oficia, colega. No me esperaba que escucharas música rock punk en tus ratos libres.

-¿Perdona?

-Por eso ningún tío se acerca a ti. Si llevaras pantalones cortos, otro tipo de faldas, y dejaras esas camisas que parecen robadas de un convento...

-Escucha, -le interrumpe- es la ropa que me gusta. Al menos, yo no voy enseñando lo que no debería ni parezco una..., como todas esas con las que vas. Visto adecuadamente, eso es todo. Y que no se acerquen. Me da igual.

Él se ríe entre dientes.

-No te da igual. Se te nota.

-¿Me vas a decir tú a mí lo que me da igual o lo que no? Encima. Vete a tu casa y déjame tranquila. Todo estaba bien hasta que llegaste.

Cole se aguanta la risa y decide callarse lo que iba a soltar. La verdad es que parece enfadada de verdad y no quiere que la bomba de relojería explote.

-¿Qué te pasa? Hoy pareces enfadada de verdad. -se espera a que conteste. Silencio- Venga, cielo, que tito Cole se preocupa. -añade, en un todo dulce pero cómico.

Ella lo reflexiona por un momento. Sería tan fácil soltarlo y quedarse tan a gusto...

-¿Tito Cole? -se ríe- No me pasa nada.-miente.

-A mí no me engañas.-la da un par de toquecitos en el hombro con el dedo y nota que tiene la piel de gallina.- Oh, ¿tienes frío? Pero si hay 14 grados.

Catherine contiene un escalofrío y se ríe bajito. Le caerá mal y se acostará con todas las chicas del instituto, pero la hace reír. Y eso le gusta. Sube la mirada y ve como Cole se quita su chaqueta de cuero (que a saber de dónde la habrá robado) y hace el amago de ponérsela sobre los hombros. Tipo peli. Catherine muere de amor, pero se mantiene firme.

-No, no hace falta. Gracias.

Él se encoge de hombros y se la pone igualmente.

-¡Oye!-exclama, mientras el olor de su perfume la invade y el calor que retiene el cuero la reconforta. La dan ganas de meter los brazos por las mangas y subirse la cremallera, pero se las aguanta. Él se da cuenta y se la queda mirando. Ella evita su mirada. Tras cinco minutos así, se cansa y le mira. Está a cinco centímetros de su cara.

-¿Y bien?-susurra, con una sonrisa de suficiencia. Ahí la ha cagado. A Catherine le dan ganas de borrársela con una bofetada.

-Que te metas la chaqueta por donde te quepa.

1 comentario:

  1. Wow.
    Llevaba muuuuuuucho tiempo queriendo leer un capítulo de esta novela y me diste una alegría muy grande cuando me lo dijiste por Twitter, jajajaja.
    Como siempre, me encanta. Y aunque Cole no me inspira mucha confianza, es para morirse lo de la chaqueta omg ;_; My feels.
    Espero que subas pronto :)
    ¡Besitos!

    ResponderEliminar