4. Los príncipes llevan chaqueta de cuero.

1
COM

16 de junio. En la casa de Catherine, ella y su familia cenan tranquilamente un exquisito carpaccio de solomillo de ternera de primera. El móvil de su padre comienza a sonar e interrumpe sus pensamientos. Ve a su padre disculparse y levantarse de la mesa rápidamente. Seguidamente, camina a su despacho mientras habla por teléfono. Da un portazo y Catherine abre los ojos exageradamente. «Papá nunca se comporta así», piensa. Y es cierto. Sus padres nunca cometen actos tan violentos. Catherine se preocupa aún más cuando oye a su padre gritar, cosa que no hace nunca. Jamás de los jamases. Busca a su madre con la mirada, aunque ella la evita. De repente, vuelve a abrir las puertas de su despacho, que rebotan contra la pared con un gran estruendo. Seguidamente, va hacia el comedor dando grandes zancadas.

-Margaret, nos vamos a Washintong en dos horas. -dice, con voz seria. El tipo de voz que no admite réplica alguna. La madre asiente y sube por las escaleras.- Quiero las maletas preparadas en media hora.-añade, mirando a la criada. Esta asiente y sube rápidamente por las escaleras.

Catherine se queda en el sitio, anonadada. Un viaje de negocios. Un viaje de negocios dos días antes de su representación. Esa que ha estado preparando tantísimo tiempo. Todavía no se lo cree.

-Cate, cariño -la llama su padre- Cielo, lo siento muchísimo, de veras que no sabes cuánto. Sabes que tú madre y yo teníamos unas ganas increíbles de verte sobre un escenario, bailando como tan sólo tú sabes hacer pero las cosas se han torcido. Ya has visto que hasta he discutido por teléfono, lo cual no es propio de mí...-titubea antes de continuar- Pero esto lo hacemos por ti, ¿vale? Recuérdalo.

Sale de la habitación antes de que a ella le de tiempo a contestar y media hora después, cuando suena la puerta de la casa cerrándose, Catherine pasa de estar triste a furiosa. ¿Es que acaso su trabajo es más importante que su propia hija? Se han ido en menos de una hora al otro lado del charco y ni siquiera le han dicho fecha de regreso, tan sólo que tardarán más de una semana. «Perfecto», piensa. Se viste rápidamente, coge su juego de llaves de casa y se va a... Bueno, se va a dar una vuelta. Lo mejor será que le dé el aire para tranquilizarse un poco. Son las once y media, muy tarde, pero eso la da igual ahora. Ignora a la criada que, con la cara roja de ir de un lado a otro tras las órdenes de su padre, intenta evitar que salga. Un intento nulo, obviamente. Termina en un parque que está a un cuarto de hora de su casa. Se sienta en un banco y saca el iPod. Empieza a escuchar música mirando al cielo, intentando olvidar lo que ha pasado hace apenas una hora pero resulta muy difícil. Sube las piernas al banco y apoya la cabeza en las rodillas. No quiere volver a casa pero no tiene a donde ir. Piensa en llamar a Rebecca o a Brooke, hijas de los mejores amigos de sus padres, pero lo descarta al cabo de un segundo. Y por un momento, se plantea quedarse a dormir en ese banco. Aunque no lo hace. Se siente vulnerable, indefensa. Y la soledad aprovecha ese momento para colarse en ella. Se cuestiona prácticamente todo. Se da cuenta de que está sola, de que no le importa de verdad a nadie. Y desea tener a su lado alguien para abrazarla, para prometerla que todo va a ir bien, para estar siempre a su lado. Está ensimismada, perdida en sus pensamientos, cuando nota un escalofrío. Ahoga un grito.

-Eh, ¿escuchas My Chemical Romance? Joder, tía, nunca lo hubiera imaginado.

Catherine le mira con enfado pero aliviada, en parte. Podría haber sido un violador, o un asesino, o un secuestrador. «Aunque tiene puntos para ser lo primero, desde luego», piensa. Sus mente la repite las palabras, pues se había sorprendido al verle, y ella le mira ofendida. Habló. El que parecía que escuchaba esos horribles «Ay, papi chulo, dame gasolina». Se ríe interiormente. Por fuera, sigue seria.

-¿Por qué?

-¿Por qué?-repite, confuso.

-¿Por qué no lo hubieras imaginado?-responde, mirándole a los ojos. Él comienza a reírse.

-¿Pero tú te has visto? -Cate alza una ceja y él se ríe aún más- No te confundas, estás muy buena y eso pero siempre vas tan... pija. Parece que vas a una oficia, colega. No me esperaba que escucharas música rock punk en tus ratos libres.

-¿Perdona?

-Por eso ningún tío se acerca a ti. Si llevaras pantalones cortos, otro tipo de faldas, y dejaras esas camisas que parecen robadas de un convento...

-Escucha, -le interrumpe- es la ropa que me gusta. Al menos, yo no voy enseñando lo que no debería ni parezco una..., como todas esas con las que vas. Visto adecuadamente, eso es todo. Y que no se acerquen. Me da igual.

Él se ríe entre dientes.

-No te da igual. Se te nota.

-¿Me vas a decir tú a mí lo que me da igual o lo que no? Encima. Vete a tu casa y déjame tranquila. Todo estaba bien hasta que llegaste.

Cole se aguanta la risa y decide callarse lo que iba a soltar. La verdad es que parece enfadada de verdad y no quiere que la bomba de relojería explote.

-¿Qué te pasa? Hoy pareces enfadada de verdad. -se espera a que conteste. Silencio- Venga, cielo, que tito Cole se preocupa. -añade, en un todo dulce pero cómico.

Ella lo reflexiona por un momento. Sería tan fácil soltarlo y quedarse tan a gusto...

-¿Tito Cole? -se ríe- No me pasa nada.-miente.

-A mí no me engañas.-la da un par de toquecitos en el hombro con el dedo y nota que tiene la piel de gallina.- Oh, ¿tienes frío? Pero si hay 14 grados.

Catherine contiene un escalofrío y se ríe bajito. Le caerá mal y se acostará con todas las chicas del instituto, pero la hace reír. Y eso le gusta. Sube la mirada y ve como Cole se quita su chaqueta de cuero (que a saber de dónde la habrá robado) y hace el amago de ponérsela sobre los hombros. Tipo peli. Catherine muere de amor, pero se mantiene firme.

-No, no hace falta. Gracias.

Él se encoge de hombros y se la pone igualmente.

-¡Oye!-exclama, mientras el olor de su perfume la invade y el calor que retiene el cuero la reconforta. La dan ganas de meter los brazos por las mangas y subirse la cremallera, pero se las aguanta. Él se da cuenta y se la queda mirando. Ella evita su mirada. Tras cinco minutos así, se cansa y le mira. Está a cinco centímetros de su cara.

-¿Y bien?-susurra, con una sonrisa de suficiencia. Ahí la ha cagado. A Catherine le dan ganas de borrársela con una bofetada.

-Que te metas la chaqueta por donde te quepa.

3. Starbucks.

2
COM
«¡RIIIING!». La campana del instituto suena, sobresaltando a Catherine, que estaba a punto de dormirse en la clase de matemáticas. Cada día se presiona más con su actuación y cada día duerme menos. Da las gracias mentalmente a quien sea que haya tocado el timbre y se cuelga su mochila a la espalda. Sale por la puerta con paso lento e irregular y se encuentra sola en la entrada de su escuela. Es común los días en los que como este, se queda una hora más dando mates, que no las lleva muy bien que digamos. Con la mente todavía rezagada por la modorra, decide darse un par de minutos para despejarse. No cree que sea nada responsable y maduro ir por ahí medio dormida, y más siendo las cinco y en el barrio que está. Sus padres son muy estrictos con eso. Decide, también, no llamarles pues no haría más que preocuparlos y probablemente, se llevaría una bronca, aunque eso es lo que menos la importa. Tiene una gran carga con la que lidiar, algo que tiene que afrontar. Su representación. Tiene que hacerla perfecta y nadie logrará hacerla cambiar de opinión. Se mete en un Starbucks cercano con ello en la cabeza y sube al piso de arriba. Se sienta en un cómodo sillón que hay al lado de un gran ventanal que da a la calle y pide un frapuccino de chocolate con café. Mientras espera a que la camarera se lo lleve, mira a la calle con gesto perdido. Cuando ésta la trae su pedido, murmura un gracias y prosigue observando el cielo con rostro pensativo, que empieza a oscurecerse poco a poco.

-Hola.

Ella mira hacia delante y se encuentra con el tipo de aquella noche, Cole, con una sonrisa arrebatadora en la cara. Catherine le mira molesta, como si le hubiera interrumpido mientras escuchaba su parte preferida de su canción favorita y él levanta levemente las manos, señalando que va en son de paz. Por ahora.

-¿Cómo estás?-la pregunta él, hincando los codos en la mesa y apoyando la cabeza en sus manos, ocupado en escudriñar el rostro de la joven. Ella simplemente se encoge de hombros y bebe de su café, trazando una extraña mueca al quemarse que hace reír a Cole. Ella le mira mal.

-¿No me puedo reír?-exclama, cómicamente indignado. Vacila unos segundos, esperando que conteste.-Señorita, ¿no sabe hablar?

Catherine levanta una ceja mientras le mira fijamente, y procede a volver a tomar su café, esta vez sin quemarse. Le dirige una sonrisa incómoda, y una vez se ha acabado su bebida, baja las escaleras y se encamina a la calle. Sabe que es de mala educación no contestar, pero como la pillen... Además, ese chico no es buena gente. Sacude la cabeza , intentando quitarse el tema de la cabeza. Las farolas ya están encendidas y el cielo no presagia nada bueno. El aire frío la azota la cara, liberándola de cualquier resto de sueño que pudiera albergar y tuerce el gesto. Tiene la tarde libre pero no la apetece bailar: ha bailado todas las tardes y en sus huecos libres durante toda una semana, lo que hace más de 48 horas, así que se permite tomar un descanso hoy. Mira a su alrededor, impaciente; no quiere estar en la calle cuando todas esas oscuras nubes empiecen a descargarse. Tras un minuto pensando en sus posibilidades, decide ir a casa más tarde. Al fin y al cabo, son las seis menos cuarto. Se encamina al cine, a ver una película que una amiga la recomendó. La verdad es que hace tiempo que no va al cine, y la apetece. Pide su entrada, la paga y entra en la sala. No compra palomitas, no tiene hambre. Todavía quedan 5 minutos para que la película empiece, pero se apodera de su asiento. No ha vuelto a ver a Cole y prefiere que sea así. Coge su móvil y echa un vistazo a sus redes sociales, sus llamadas y mensajes y su correo, pero no hay nada nuevo. La salita se empieza a llenar. Se encoge cuando unas cuantas personas pasan para ocupar su asiento y da pequeñas palmaditas cuando los trailers se acaban. La peli va a empezar.



-Salid de la sala, por favor.

Catherine agacha la cabeza, cansada de replicar y cruza el umbral de la puerta. Dos metros atrás, Cole sigue quejándose y amenazando al guardia.

-Venga, ponme una mano encima si te atreves.-ríe sarcásticamente y le mira fijamente. Justo antes de soltar otra perla más por la boca, Catherine regresa, le coge del brazo y le saca a la calle.

-¿¡Estás loco!? ¿¡Cómo se te ocurre amenazar a un policía de esa manera!? ¡Si te quieres meter en problemas, adelante, pero que yo no tenga nada que ver!

Se cierra el abrigo y mete las manos en los bolsillos. Hace un frío que pela y la tormenta apenas ha empezado.

-Ese tío se estaba pasando, eh, y ha tenido mucha suerte. Podría haberse pasado la noche de hoy en un hospital.- Ella niega con la cabeza. Se pasa la mano por el pelo y suspira.- ¿Estás bien?-pregunta, más tranquilo.

Ella eleva la cabeza y le mira. Todo lo que ve en él son problemas. Sin responderle, comienza a andar sin rumbo, bajo la lluvia. Escucha pasos corriendo detrás de ella. Cole la coge de la muñeca y la arrastra hasta el Starbucks en el que se encontraron antes y vuelven a subir a la planta de arriba, esta vez se sientan en una mesa apartada. Los planes se le han torcido y no quiere que se resfríe, que luego le contagia. Probará a ser un poco más... ¿delicado? ¿cuidadoso? Con ella. La indica con la mano que espere sentada ahí y ella suspira, resignada. Ese chico aparecerá siempre lo quiera o no. Tan sólo confía en que sus padres o conocidos no aparezcan por allí, aunque son más de restaurantes elegantes en los que tienes que reservar mesa con meses de antelación o bien, ser amigo del dueño de forma que siempre te consiga una buena y bonita mesa. Cole baja las escaleras del local y pide un chocolate caliente para ella. Es un día bastante frío (a mediados-finales de mayo, sí. Eso se llama «Inglaterra».) con tormenta, además, así que una bebida calentita será lo más adecuado para Catherine, teniendo en cuenta que parece una chica un poco frágil. Él no se pide nada. Cuando se reúne con ella, la entrega su chocolate y sonríe.

-Gracias.-murmura ella y le sonríe tímidamente. Si se ha rendido en cuanto a lo de intentar esquivarle e ignorarle, al menos tendrá que ser agradable con él.

-¿Ya mejor?-pregunta él. Ella asiente. Transcurren unos minutos incómodos para ambos. Cole la mira fijamente y ella bebe su preciado chocolate caliente. Hacía bastante tiempo que no tomaba chocolate. Sus padres se lo impiden porque al ser bailarina de ballet no puede tomar ese tipo de cosas. Cuando se lo termina, se siente mucho mejor.

-¿Por qué nunca hablas?-se ríe él. Abre la boca dispuesto a continuar pero la cierra cuando se da cuenta de lo que iba a decir. «Cuidadoso, delicado, recuerda», se dice a sí mismo.

-Porque no tengo nada que decir.-contesta, simplemente.

-¡Venga ya! ¡Estás con Cole Hall, seguro que tienes algo que decir!-y plof, tan pronto como lo recordó, se le olvidó. No está acostumbrado a tener que cambiar tanto por una chica. Tan sólo es una maldita apuesta...

Ella se muerde la lengua para no decir ninguna grosería, como la habían enseñado. Sonríe forzadamente y se levanta del sillón.

-Gracias por el chocolate.-saca su monedero y le deja 20 libras en la mesa, para que no lo tenga que pagar él y se marcha de la cafetería sintiéndose estúpida. «Quizá no es tan malo como parece. Quizá, en el fondo muy fondo, es una buena persona», pensaba. No volverá a hacer lo mismo.

Mientras, Cole coge el dinero que la joven puso en la mesa y sonríe de lado. «Quizá no es tan inocente y pura como parece. Quizá todo ese carácter que parece tener ahogado está en el fondo muy fondo de su alma, reprimido por todo el rollo pijo en el que la han criado». Porque todas y cada una de las mujeres que ha conocido han tenido carácter, el carácter típico de una mujer. Pero ella, Catherine, parecía guardar el doble.

2. Guitarras, pianos y falsas apariencias.

3
COM

En la habitación de Catherine, el despertador suena, trayendo un desagradable pitido por segunda vez. Las 7:30. A este ritmo, llegará tarde a clase. Tras un par de minutos remoloneando, se levanta con un sonoro bostezo. Se frota los ojos y se estira hasta ponerse de puntillas, perdiendo casi el equilibrio. Se ríe de su torpeza y sonríe; parece que hoy será un buen día. Seguidamente, se dirige hacia su inmenso vestidor y se rasca la cabeza mientras piensa qué se pondrá hoy. Esta vez, extrañamente, elige su conjunto rápidamente. Se apresura en ducharse, asearse y vestirse y una vez ha cogido su bolso, baja a la cocina a tomar tan sólo una tostada con un poco de mermelada y un trago de zumo de melocotón. Nunca tiene hambre a la hora del desayuno pero su madre la obliga a tomar un poco de comida, aunque sea. Camina hasta el instituto, algo más calmada respecto a la hora, mientras conversa animadamente con conocidos que se encuentra en el trayecto.

Mientras tanto, Cole espera en la puerta del instituto a la chica de ayer. Se intentó resistir pero a él no le engaña. Ha tratado con muchas que van de difíciles pero que luego se han dejado llevar, con facilidad. Sus amigos le preguntan sobre lo que pasó a noche, pero él no suelta prenda. Todos ellos se callan cuando ven aparecer a la joven de la que hablaban por la puerta de la valla, con un par de moscardones alrededor. Cole camina hacia ella con una sonrisa de 10 años de Colgate que se le borra en cuanto un chico choca contra él.
-¿Eres anormal o te entrenas?-le espeta y empuja Cole.
El joven en cuestión se levanta de un ágil movimiento y le mira. Es más bajito que él pero no se acobarda; todo lo contrario.
-Soy Nathan y no, nací así ya. Sorprendente, ¿verdad?-sonríe engreídamente.
La gente se empieza a arremolinar en torno a ellos y Catherine se acerca, curiosa, a observar qué pasa. Se abre paso poco a poco entre la maraña de gente y ve a los populares del instituto a punto de pelearse. Nathan y Cole, el chico que ayer se comportó de forma tan rara. Intenta retroceder cuando el timbre suena y todo el mundo, salvo ellos tres, se va pintando a clase. Comparten una mirada llena de incertidumbre y Cole posa su atención en Catherine. Camina hacia ella cuando ella se dirige al instituto. No quiere volverle a tener cerca y mucho menos, llegar tarde por su culpa. Nathan lo mira con cara de asco e imita a la chica. No quiere problemas. Cole se queda en el patio fumando.

Tras un duro día de clases, Catherine sale cuando la campana toca. La llega un mensaje de su madre avisando que sus padres volverían a casa por la noche ya que tienen reunión y cena de negocios. Ella la responde, acostumbrada a situaciones semejantes, y va a su casa antes de volver a encontrarse con Cole.
    Pasa la mitad de la tarde estudiando y en la otra mitad, decide ir a una tienda de música cercana. Se cambia de ropa, ya que lleva la de estar por casa para estudiar cómoda, y se pone un conjunto cómodo, ya que no hay que olvidar que en Inglaterra suele hacer más frío que calor, y sale de casa. Hoy mirará pianos de cola y guitarras acústicas.
    Una vez está allí, va de cabeza a ver sus amados pianos. Los acaricia, contempla e incluso prueba con algunas de sus canciones preferidas o improvisaciones. Hay negros como el azabache, blancos como la nieve recién caída, rojos como la sangre y azules cielo. Adora esa tienda por la cantidad de modelos distintos que poseen. Es un paraíso. Mira el precio cautelosamente también. Pese a que a su padre y a su madre no le importe, a ella sí. El dinero no crece de los árboles y hay que usarlo cuidadosamente y con responsabilidad. Su padre nunca la hace caso.
    Se anima a probar uno de color rosa pálido con Clair de Lune, una de sus composiciones favoritas. Cierra los ojos y se deja llevar por el hermoso sonido que genera el instrumento. Cuando termina, descubre que un chico la mira. Lo reconoce tras unos segundos de vacilación: es el chico que se iba a pelear con Cole, Nathan.
-Es precioso, ¿verdad?
Él asiente en silencio.
-¿Tocas el piano?-pregunta ella, con curiosidad.
-No.-responde sencillamente. No quiere hablar de algo tan importante como es la guitarra para él con cualquiera.
Ella agacha la cabeza, cuestionándose si le habría incomodado al consultarle. Su contestación ha sido un poco cortante. Se despide con una sonrisa tímida y un gesto de mano que él la devuelve y va a mirar su segundo objetivo: las guitarras.
Al principio, busca de marcas específicas pero se rinde pronto ya que no sabe nada del tema. Prosigue su búsqueda por color, ya que la quiere negra o blanca a ser posible. Lee bien los cartelitos como si estuvieran en un idioma que desconoce y suspira. Busca al dependiente con la mirada pero lo ve en la caja, con una larga cola de personas esperando. Es inútil preguntarle.
-¿Qué tipo de guitarra quieres?-la sobresalta una voz. Mira a su alrededor hasta dar con Nathan.
-Me gustaría una guitarra acústica.
El chico se ríe y echa a caminar. Ella le sigue, algo aturdida. Se paran unos pasillos más lejos.
-Aquí están las que tú buscas. Estabas mirando las españolas.-sonríe él.
-Oh, gracias.-le devuelve la sonrisa y se pone a leer los carteles de nuevo. No se entera de nada.-Perdona, ¿sabes de guitarras?-él asiente y se encogiéndose de hombros.-¿Te importaría aconsejarme? Estoy un poco perdida.-Nathan repite el gesto y coge una negra preciosa.
-Esta es una Fender, es barata pero suena bastante bien.-se la tiende y ella la coge, temerosa de que se la caiga. Él se da cuenta y sonríe.
Catherine aprecia los detalles por unos minutos y mira la etiqueta. 99 dólares.
-Es increíble...-murmura.
Pasan un rato hablando de guitarras y pianos, sin embargo, Nathan no la cuenta nada todavía de su hobbie «secreto». Le parece una chica amable, apesar de su apariencia de niña mimada. El aspecto engaña.
Un rato después, ella mira el reloj: las ocho. Hora de irse a casa.
-Me tengo que ir ya a casa, se hace tarde -señala el exterior de la tienda. Se ve como cada vez está más oscuro a través de las ventanas- Encantada. Ya volveré a por la guitarra.-le dedica una dulce sonrisa.- Hasta mañana.
Cole se despide con un gesto de mano y otra sonrisa y se dirige a su casa también.

1. Lo conseguirá, oh, claro que lo conseguirá.

7
COM

Catherine camina rápidamente hacia su casa. Son casi las diez de la noche y ella debería encontrarse en su hogar desde hace hora y media. Se quedó ensayando para la representación de ballet de su academia, que es en menos de un mes, el 18 de junio, y el tiempo se la ha pasado volando. Además, al ser la protagonista siente una gran carga de responsabilidad, por lo que le tiene que salir perfecto. No se conformará con menos. Divisa a un grupo de chicos unas aceras más allá y el corazón la comienza a latir rápidamente. Es bastante tarde y la calle, que tan sólo está iluminada por farolas cuya luz es tenue, luce lúgubre. Criada en la seguridad de un barrio residencial tranquilo y lleno de familias acomodadas y pacíficas, salir al centro ella sola la seguía asustando. Y más de noche. Suspira y se baja un poco su falda de tablas blanca, se estira un poco la camisa de modo que la quede más holgada y no se la marque tanto y continúa su camino con paso decidido. A medida que se aproxima, les escucha reír y hablar entre ellos. Se queda parada al principio de la calle, aún a una distancia prudente de ellos, reflexionando sobre la situación. El muchacho que está en pie la suena mucho. Se muerde el labio y con cara pensativa intenta recordar.

Mientras, Cole y sus amigos, algo borrachos, tienen una conversación de besugos. Los que están sentados en el banco no paran de soltar carcajadas estrepitosas y gritar cosas sin sentido, por lo que Cole está un poco molesto. Esa noche no había pillado a ninguna chica mientras que sus compañeros habían tenido a varias. ¿Dónde se había visto eso? Cole, el chico guapo, el malo, el atractivo. El irresistible. Era intolerable.

-Eh, tíos, ¿habéis visto a la chica esa? Está buenísima.-babea uno de los borrachos.

-Sí, y viene hacia aquí. Esa es mía, ¿eeeeeh?.-masculla otro mientras se intenta levantar.

El más sobrio de los que se sientan en el banco le empuja de modo que se vuelva a sentar y mira a Cole, con la astucia pintada en los ojos.

-Te propongo algo.-sonríe.

-¿El qué?-pregunta con desinterés Cole.

-Si consigues tirarte a esa, te doy 500 libras.

El chico le miró, con una ceja levantada y miró a la chica que iba hacia allí. La conocía de vista. Era la popular pero «pura» del instituto. De esas que hasta el matrimonio no se plantean la idea de hacer lo que su colega le pedía. Se rió ante su proposición.

-¿De dónde vas a sacar ese dinero, Jack? Estás más borracho que una cuba.

-Anoche quité a mi padre 1500 libras. Es rico, no le harán falta.

Cole se cruza de brazos y frunce el ceño. La idea no le convence.

-No me dirás que no es guapa.... y su cuerpo, tío. ¿La has visto?-insiste Jack. Sabe que casi le tiene y sabe lo mucho que le hace falta ese dinero. Le conoce, le gustan más las chicas que a un tonto un lápiz.

Tras unos segundos, Cole asiente y se estrechan la mano. Lo conseguirá. Oh, claro que lo conseguirá. Sabe los pasos a seguir para las más difíciles: Primero, haces que se enamore de ti, poco a poco; luego, haces que pierda el absurdo miedo al contacto físico; más tarde, te la llevas a la cama y al final.... bueno, al final buscas a otra, y listo. O eso piensa él.

Catherine, que ya se decidió a andar hacia los chicos tras no ser capaz de distinguir bien sus rasgos faciales, está cerca de ellos. Un paso, otro paso, y otro. Así hasta que llega a su altura. Agacha la cabeza y camina cabizbaja, intentando no llamar la atención. Lo único que quiere es que estén tan borrachos como para que no se fijen en que pasa por allí. Cuando va por en frente del banco, los borrachos se limitan a silbarla y a lanzar un par de comentarios vulgares. Ya saben lo que pasa si tocan a alguna que Cole haya decidido suya y no es nada bueno. El chico camina detrás de ella sin molestarse en despedirse de sus amigos. Catherine respira hondo. Por suerte la han dejado pasar aunque todavía la quedan 10 minutos de camino hasta llegar a su casa. Con lo cansada que está... tenía que haberse ido antes de clase. Esa situación no la gusta nada. Para la próxima vez lo tendría en cuenta, se promete. Al cabo de unos minutos, escucha unos pasos detrás de ella y ese miedo atroz la vuelve a invadir. Apresura el paso y a su vez, Cole la imita. La chica, cansada de la persecución, se arma de valor y se da la vuelta. Es el chico de antes.

-¿Q-quién er...?-pregunta, con un hilo de voz.

Él se acerca a ella sonriendo y ella le ve con más claridad. No termina la pregunta, no hace falta.

-Cole Hall.-se presenta él.

Cole Hall: el gamberro del instituto. Sus padres la pidieron desde pequeña que no se juntase con él y sus amigos, ya que son gente peligrosa. Catherine opina lo mismo. Ellos siempre está coqueteando con una chica distinta, lo cual ya es una osadía, y al parecer, también se acuestan con ellas. Y las demás le dejan. Incluso lo desean. La parece algo horrible.
Ella se da la vuelta, dispuesta a retomar su camino pero él la coje por la muñeca.

-¿Te llamas Catherine, verdad?

Asiente y él la suelta. Empieza el juego.

Cuando ella reemprende su camino, él la acompaña. Harta de ese silencio incómodo, formula la pregunta que se repite una y otra vez en su cabeza.

-¿Por qué me sigues?

-Te acompaño a casa -aclara- es peligroso para una chica guapa caminar sola por la noche, ¿sabes?

Y le añade una bonita sonrisa de esas que cautivan junto a un encantador guiño, como siempre hace.

-Agradezco que te preocupes, pero no es necesario.

Cole ignora su último comentario y la pasa el brazo por los hombros, acercándola a él. Ella se intenta deshacer de su abrazo pero al poco descubre que es inútil, por lo que se rinde. Él sonríe victoriosamente. Una vez llegan a la calle de Catherine, Cole la suelta y ella se aleja con prisa hacia su casa, sin mirar atrás en ningún momento. Sólo quiere tumbarse en la cama y dormirse, ya pensará mañana en todo esto. Él se ríe y la lanza un beso.

-¡Hasta mañana, preciosa!-grita antes de que ella cierre la puerta de entrada.

Characters.

1
COM

Catherine Bellrose

Nacida el 30 de julio de 1996, Catherine, ya con 16 veranos, es una adolescente llena de sueños y ambiciones. Su pasión, la danza, nació cuando ella apenas tenía 5 años y desde entonces, buena parte de su vida gira entorno a ella. Otro de sus hobbies es tocar el piano. Lo lleva tocando alrededor de 4 años y según ella, es de lo mejor que ha hecho hasta este momento. Además, adora leer esos libros cuyas fascinantes historias la hacen fantasear con el chico perfecto que espera que no tarde mucho en aparecer. Se considera toda una romántica empedernida y soñadora de profesión. Tímida, sincera, con corazón de oro. Ese tipo de personas que aparecen en tu vida, y, se vayan o se queden, siempre ocuparán un importante lugar en tu corazón.


Nathan Harvey

Nacido el 15 de marzo de 1995, Nathan es ese estilo de chico que ves y piensas «Este se ha escapado de WeHeartIt». No lleva una vida fácil y sin embargo, siempre hay una bonita sonrisa trazada en su cara. Sin padre desde los 8 años y sin madre desde los 10. Uno abandonó su hogar, la otra, se perdió a sí misma entre el alcohol hace 7 años y desde entonces no se ha vuelto a encontrar. Pone al mal tiempo, buena cara, como se dice. Un chico popular al que le gusta el skate y al que le encanta tocar la guitarra; y por qué no, cantar también. Conocido por muchos como el chico superficial con el ego subido y por pocos como el dulce, humilde y alegre que en realidad es.



Cole Hall

Nacido el 31 de octubre de 1994, Cole es el chico malo y atractivo que toda joven desea conocer. Un chico que siempre ha dado problemas a los de su alrededor. Vive despreocupadamente, libre, ya que sus padres fallecieron cuando él era un crío. Entonces, sus tíos le obligaron a irse a vivir con ellos y hace 4 años que vive con su mejor amigo. Arrogante, prepotente. Hace lo que le viene en gana. Lo más importante para él ahora mismo es el skate y el pasar cada noche con una chica distinta, claro.

Catherine, Nathan y Cole viven en Stratford-upon-Avon (Stratford), un municipio situado al sur de Birmingham, Inglaterra.